Del 13 de abril al 24 de Junio de 2018

El Museo Nacional presenta una colección de artículos que guardan historia y tradición sobre nuestra sociedad de hace más de cien años, a través de los cuales podemos evidenciar las costumbres de la época.

A través de la exposición podemos observar el deseo de modernidad que poseían las clases altas de la época, quienes podían costearse los viajes a Europa. Los miembros de la alta sociedad llevaba sus más prestigiosas prendas en cofres de metal y cajas para sombreros y zapatos que necesitaban ser transportados por medio de mulas y esclavos, Un viaje de estos podía tardar meses y para ello los viajeros pasaban por medios de transporte como el tren de Bogotá a Honda, la caravana de Mulas hasta el puerto y luego un Ferry hasta Europa que tardaba más de un mes en llegar.

Los cachacos pegaban calcomanías como una forma de establecer una brecha cultural entre clases; los cachacos cuya expresión determina a los bogotanos que poseían rigor en su dialecto y vestir, por lo que estos nombraban de guaches y guarichas (señor y señora en lenguaje chibcha) a los bogotanos pobres, los que vivían fuera de la ciudad simplemente eran llamados “calentanos”.

El mercado estaba marcado por la época colonial en las plazas de manera desordenada y aglomerada, sin embargo, tras la colección de muchos viajeros cachacos que observaban la organización de los mercados europeos implementaron almacenes como “De un centavo a un peso” en donde los bogotanos podían conseguir objetos extranjeros con el logo de que lo más caro del lugar no pasaba de un peso, en ese momento la moneda tenía solidez porque estaba respaldada en oro ( el peso oro) lo cual un peso tenía casi el mismo valor que un dólar.

La cultura del cachaco era tener para ser, acumulando objetos para adornar la casa y saturarla de recuerdos del mundo, en el museo vemos muñequeros que nos muestran la organización espacial de la casa de la época; la moda era tan importante para los cachacos que los que no podían comprarse los últimos vestidos de París, traían unas muñecas con el diseño del vestido para que los diseñadores lo replicaran de manera exacta. Los niños tampoco se quedaban por fuera; ellos usaban trajes de marinero y las niñas de princesa marcando el sexo de manera pautada. Se hablaba mucho también de las familias cachacas de “sangre azul” como la familia Carrizosa, Pombo, Urrutia, Lleras y Samper.

Los niños indigentes vestían de sombrero, repartían el periódico y cuando podían se robaban alguna que otra manzana. Eran llamados pelados o chinos por los demás y eran reclutados por el ejército o la guerrilla. También había mujeres indigentes que por alguna razón del destino no pudieron ser monjas o conseguir marido, y deambulaban por la calle esperando ser llamadas para servicios domésticos y se caracterizaban por tener o no una pañoleta roja  en la cabeza (como una marca que indicaba si ya habían sido contratadas.)

El vestido de la mujer fue evolucionando a la par de su rol en la sociedad y de las tecnologías para la higiene. La tendencia comenzó con vestidos negros y Birriñaques de gran tamaño para evitar que el vestido se manchara por la menstruación y así mismo ocultar los olores, hasta el invento de las toallas y tampones para ellas.

La iglesia para evitar la proliferación de ideas liberales de Europa generó un manual de pedagogía doméstica donde establecía el rol de la mujer en el hogar, como las habilidades de pintura, curación , higiene, piano y cocina que debían de poseer para ser buenas esposas, cuidando así modas exhibicionistas como los vestidos modernos donde se veían los tobillos o alguna parte del escote.

Tras esta exposición queda claro que las clases altas silenciaron intencional o no a las clases bajas en el ámbito cultural y que la tradición conservadora de las familias de la época se evidencia incluso en la ropa de cada clase.

Escrito por: Gabriel Briceño
Fotos: Gabriel Briceño

Deja un comentario